El diácono de la Parroquia de Luján falleció hoy a los 88 años
Carlitos Brianti, ese entrañable gruñón

Escribe María Carrillo

El peor error que se pudo cometer con Carlos Brianti fue el de juzgarlo por su caparazón. Y esto sólo quienes lo conocieron en profundidad lo saben. Debajo de esa cáscara gruñona y malhumorada, ácida por momentos y plena de un sarcasmo tan inteligente como mordaz, se escondía un ser tierno y sensible, profundo y sereno, abierto a la amistad y capaz de arrancar carcajadas con sus brillantes humoradas, que brotaban una tras otra en sus típicos y exquisitos derroches de dialéctica.

Tenía 88 años y se había pasado los últimos 28 sirviendo con pasión en la Parroquia Nuestra Señora de Luján, a la que llegó allá por los años ´60 para quedarse para siempre.
Asimismo su vida estuvo ligada a la Iglesia Católica desde muy joven: allá por los años en los que el emblemático Monseñor Rómulo Di Giorno se encontraba al frente de la Parroquia del Carmen, Carlitos Brianti ya era un conocido referente de Acción Católica en nuestra creciente comunidad y trabajó a su lado hasta que decidió sumarse a las filas del Cura Gaucho.

Carlos Brianti (a la izquierda) y un jovencísimo Mingo Torquatti secundan al párroco Isidoro Broilo en una de las memorables misas de Bendición de las Espigas

Mano derecha del padre Isidoro Broilo, le ayudó a darle vida al faraónico proyecto de creación del Barrio Ranchos de la Virgen de Luján y llegó a acompañarlo en la celebración de las recordadas y multitudinarias misas de bendición de las espigas.
Se sentía cómodo dentro de las líneas más clásicas y ortodoxas de la Iglesia; apasionado conocedor de la Historia y la Tradición, oirlo hablar sobre teología y doctrina era un placer para el intelecto y un sustancioso alimento para el alma.

En 1986, el Cura Gaucho recibió un joven vicario que seguía la línea pura de San Francisco de Asís y así fue como Brianti conoció al padre Mingo Torquatti, sin saber que a partir de ese momento nacería la profunda amistad que atesoraría hasta su muerte. Difícil resulta concebir la idea de que dos servidores de Dios pudieran ser tan amigos estando tan en las antípodas el uno del otro: sin embargo, como bien lo ha dicho el padre Mingo cada vez que tuvo oportunidad, sus caracteres y métodos diferentes no hicieron más que complementarlos tanto en el servicio como en la vida.

Y es que, al fin de cuentas, ambos compartían esa pasión absoluta por las cosas del Evangelio, el mismo amor por el prójimo y la Iglesia a la que decidieron pertenecer y servir.
Hasta sus últimos momentos, y desde hace años aquejado por una enfermedad que condicionaba su movilidad, Brianti siguió visitando familias, acudiendo a la parroquia, bautizando niños, casando parejas, oficiando responsos.
Vivía apasionadamente su vocación y se le notaba; peleador como pocos, aleccionaba desde la ironía, desde el humor frontal, descarnado y desopilante, desde la mirada cómplice y la sonrisa franca. Carlitos fue de esos tipos inolvidables que nos enseñan, fundamentalmente, que las apariencias engañan y que debajo de la piel de un lobo feroz a veces puede esconderse el más tierno de los corderos.

Sus restos serán sepultados en el Cementerio Parque El Sosiego.